El abordaje en el gate 73 de Port Authority Nueva York fue puntual y ordenado. A las seis de la mañana, con la oscuridad de Manhattan acosando las ventanas, comenzamos a rodar por la carretera interestatal 95. Excepto un grupo de españoles, delatados por el acento, todos fuimos cayendo a la derecha o a la izquierda para robar unos minutos de sueño pendientes.
El trayecto prometido de cuatro horas iba prodigarse con bosques, ríos y un par de ciudades. Solo al llegar al gate supe que el autobús de Peter Pan Bus Lines haría dos paradas en Baltimore: una en White Marsh y otra en Downtown antes de arribar al número 50 de la avenida Massachusetts en Union Station, Washington DC. Bostecé sin culpa, consciente de que todos íbamos en la misma condición insomne. Solo después de White Marsh comencé a disfrutar del espectáculo invernal que rodaba por la ventana, muy lejano en temperatura y colores al amado y caribeño Cibao en que aterrizaría siete días después.
Pasando por Baltimore ya había sol. Según el reloj, faltaba menos para conocer la capital más poderosa del continente. Eso era lo de menos. Lo de más era abrazar a Altagracia, la colega y amiga. Nos íbamos controlando los tiempos para que no tuviese que esperar mucho porque en el centro de DC no hay casi parqueos. Los árboles desnudos dieron paso a las fachadas de calles y negocios del downtown, pequeñas, pintorescas y variadas en color, incluso un muro adornado con materiales reciclados que me recordó al programa Ciudad Reciclada del Centro León, justo antes de girar hacia el parqueo de autobuses de Union Station. Decir que hacía frío es redundante al extremo.
Los arcos y columnas elegantes de la estación no te impiden ver que la indigencia no discrimina ciudades, incluso las cobija. A pocos metros del árbol navideño, uno que otro adulto más allá de la cincuentena se abriga del frío capitalino mientras yo espero. No he traído paraguas y llueve ligero a las diez de la mañana. Altagracia ya llega sorteando los otros vehículos que también buscan o dejan pasajeros para autobuses, metro o tren. Aunque me trajo, literalmente, Peter Pan, no es la tierra de Nunca Jamás: a lo lejos destella la cúpula del Capitolio.