Con el Miércoles de Ceniza, la Iglesia católica da inicio hoy a la Cuaresma, un período de 40 días de preparación espiritual hacia la Pascua, marcado por la conversión, la oración y el ayuno, e invitando a los fieles a volver la mirada hacia Dios, revisar la propia vida y renovar el compromiso con el Evangelio desde una actitud más sobria y solidaria.

La Cuaresma no es solo una práctica externa, sino un camino interior que conduce a la celebración del misterio central de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Es un llamado a reordenar prioridades, a aquietar el corazón en medio de las prisas cotidianas y a abrir espacio a lo esencial.

En su mensaje para la Cuaresma 2026, el Papa León XIV centra su reflexión en dos verbos que, a su juicio, sintetizan el itinerario espiritual de este tiempo: escuchar y ayunar. Bajo el lema “Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión”, el Pontífice exhorta a colocar nuevamente “el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

El Santo Padre subraya que todo camino de conversión comienza por dejarse alcanzar por la Palabra. “Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza”, afirma, destacando que la escucha no es un acto pasivo, sino una disposición que abre a la relación con Dios y con los demás.

Al profundizar en el sentido de la escucha, recuerda el pasaje del libro del Éxodo en el que Dios dice: “Yo he visto la opresión de mi pueblo (…) y he oído los gritos de dolor”. Para el Papa, esta imagen revela que la escucha del clamor de los oprimidos es el inicio de toda historia de liberación. Por eso advierte que, entre las múltiples voces que atraviesan la vida personal y social, la Palabra de Dios educa el oído para reconocer el sufrimiento y la injusticia, y no permanecer indiferentes ante ellos.

Junto a la escucha, el ayuno aparece como práctica concreta que dispone el corazón. El Pontífice lo define como un ejercicio antiguo e insustituible en el camino de la conversión, capaz de revelar “de qué tenemos hambre” y qué consideramos esencial. Lejos de reducirse a la abstinencia de alimentos, el ayuno —explica— ayuda a discernir y ordenar los apetitos, manteniendo viva “el hambre y la sed de justicia”.

En esta línea, advierte que el ayuno auténtico debe vivirse con fe y humildad, arraigado en la comunión con el Señor, para evitar que se convierta en motivo de orgullo. Además, propone una forma concreta y actual de abstinencia: renunciar a las palabras que hieren. “Empecemos a desarmar el lenguaje”, invita, llamando a dejar atrás la calumnia, el juicio inmediato y las expresiones ofensivas, tanto en la vida cotidiana como en las redes sociales, los debates públicos y los medios de comunicación.

Finalmente, el mensaje destaca la dimensión comunitaria de la Cuaresma. No se trata solo de un esfuerzo individual, sino de un camino compartido en parroquias, familias y comunidades. La escucha de la Palabra, así como del clamor de los pobres y de la tierra, debe convertirse —señala— en una forma de vida común que transforme también las relaciones y el estilo de diálogo.

Al concluir, el Papa pide la gracia de vivir una Cuaresma que haga “más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados”, y que el ayuno alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás.