Desde una comunidad humilde en Los Cocos de Jacagua hasta convertirse en una destacada especialista en medicina interna y nefrología, la doctora María Olinda Peña Sosa es ejemplo vivo de superación, vocación y fe inquebrantable. Hija de comerciantes del mercado Hospedaje Yaque, esta médica santiaguera desafió las limitaciones económicas de su entorno, ganándose con esfuerzo una beca para estudiar en la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba, donde se graduó con honores.

Hoy, su testimonio inspira a jóvenes de todo el país, demostrando que, con disciplina, propósito y confianza en Dios, los sueños pueden alcanzarse.

La doctora María Olinda Peña Sosa es hija de Pascual Marcelino Peña, comerciante de vegetales, y de Modesta Antonia Sosa, quien cocinaba y vendía en una fonda del mercado Hospedaje Yaque. Es la sexta y única hija de una familia de seis hermanos, una niña muy esperada por sus padres, que consideraron su nacimiento como una oración contestada.

Creció en su comunidad natal, donde se formó en un entorno de valores, espiritualidad y solidaridad. Su niñez estuvo marcada por la participación en la parroquia Santa Cruz, siendo catequista y coordinadora de pastoral juvenil. Allí desarrolló sus primeras habilidades de liderazgo y su compromiso con el desarrollo comunitario.

Su formación académica comenzó en la escuela Enrique Chamberlain, continuó en el Politécnico México como bachiller técnico en enfermería, y luego en la Escuela Latinoamericana de Medicina en Cuba, donde se graduó Magna Cum Laude. Más tarde, completó su especialización en Medicina Interna y una subespecialidad en Nefrología en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), con entrenamientos en centros médicos de alto nivel en Santiago.

¿Qué te inspiró a estudiar Medicina y cómo descubriste tu vocación?
Generalmente uno piensa que la vocación se va descubriendo con el tiempo. En mi caso, siento que fue una vocación innata, pues desde que tengo memoria, siempre tuve una conexión especial con la salud, el bienestar de las personas y el deseo de ayudar. La medicina, para mí, más que mi carrera, fue un llamado que no necesité descubrir, sino solo aceptar. Desde niña me veía como alguien destinada a cuidar, sanar y acompañar a los demás en momentos de vulnerabilidad.

¿Cómo lograste estudiar fuera del país, y cómo viviste el proceso de salir de casa para estudiar en Cuba, sin conocer a nadie?
La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM-CUBA) es un proyecto que surgió en 1999 por los ideales de Fidel Castro Ruz, quien en aquel entonces era el Comandante en Jefe de dicho país. El mismo creó esta escuela de medicina en respuesta a la tragedia causada por los huracanes George y Mitch en 1998. Esta escuela se concibió como un proyecto de solidaridad internacional, donde estudiantes de diversos países del mundo estudiarían en Cuba mediante becas, para luego regresar a sus países y brindar atenciones médicas a quienes lo necesiten.

Al concluir mi bachillerato me gradué con excelencia académica, fui sometida a todas las pruebas exigidas por el proyecto ELAM, cumplí con todos los requisitos ameritados y así logré ser galardonada con dicha beca que me permitió ser parte de los médicos del ejército de bata blanca, ELAM-CUBA.

Salir de casa fue un proceso doloroso y nostálgico porque tuve que separarme de mi familia, de mis amistades y de mi país, pero también fue un proceso maravilloso porque era un sueño hecho realidad. Ya había investigado sobre este proyecto, por lo cual me enfoqué más en mis estudios. Sacrificaba mis horas de sueño y recreación para estudiar más de lo exigido. Mi anhelo de estudiar en Cuba era mi gran motivación para dar lo mejor de mí.

¿Qué impacto tuvo tu formación en ELAM en tu visión como médico y como persona?
La Escuela Latinoamericana de Medicina me impactó como médico, por obtener una experiencia sumamente gratificante y de alto nivel académico. El sistema educativo allí se caracteriza por un enfoque moderno y vanguardista, donde la teoría y la práctica se integran desde las primeras etapas de la carrera. Cada día, tras abordar un tema, teníamos evaluaciones continuas —ya fueran pruebas, exámenes cortos o actividades prácticas— que no solo aseguraban que consolidáramos el conocimiento, sino que también fomentaban una disciplina de estudios constantes.
Esta metodología rigurosa y bien estructurada tenía como objetivo formar médicos con una base sólida, comprometidos con la excelencia clínica y científica. Estoy muy orgullosa de haberme formado en un sistema que prioriza tanto el aprendizaje profundo como el desarrollo integral del médico.

Además, formarse dentro del sistema de salud cubano fue una gran lección de compromiso social. En mi etapa de formación en Cuba, la salud era un derecho universal y la atención médica era totalmente gratuita para toda la población. Esto era posible por una fuerte inversión del Estado en el sistema sanitario, lo que permitía un enfoque preventivo y comunitario muy firme. Esta visión de la medicina como un servicio humano y accesible marcó profundamente mi manera de entender y ejercer la profesión, siendo parte de su legado de “Médicos de Ciencia y Conciencia”.

Mis estudios en la Escuela Latinoamericana no solo me impactaron como profesional, sino también como persona. Tuve la oportunidad de convivir y formarme junto a colegas de más de 40 nacionalidades, lo que me permitió aprender de diversas culturas, costumbres y formas de ver el mundo. Con el tiempo, esos compañeros se convirtieron en más que colegas: éramos una propia familia, porque todos estábamos lejos de nuestras familias biológicas. Ese entorno multicultural y solidario me enseñó el valor de la empatía, la unidad y el respeto a la diversidad. Hoy en día, no solo tengo el orgullo de haber obtenido mi título de médico en Cuba, sino también de contar con amistades y lazos fraternales con personas de distintas nacionalidades y continentes, a quienes también considero mi familia.

¿Qué valores personales y espirituales te han sostenido durante todo este camino?
Me han sostenido varios valores personales importantes que me definen, como son: la honradez, la responsabilidad, la honestidad y la gratitud. Soy una persona profundamente agradecida con quienes me han apoyado en mi camino, y eso se refleja en todo lo que hago. Pero si tuviera que elegir mi mayor valor como persona, diría que es el amor y el respeto que tengo por mis padres. Los honro cada día dando lo mejor de mí, los cuido como la luz de mis ojos y los venero como el mayor de los tesoros que Dios me ha regalado. Ellos son mi motor, mi inspiración y la razón por la que me esfuerzo continuamente para ser una mejor persona y profesional.
Así como honro a mis padres, también cuido, respeto y apoyo a mis hermanos, amistades, familiares, a mi comunidad cuando requieren de mi sostén, y a todo mi prójimo.

Los valores espirituales que me han sostenido a lo largo de este camino están profundamente arraigados en mi fe. Amo a Dios sobre todas las cosas, y mi vida se basa en una confianza plena en Él. Tengo una fe inmensa y mi alma encuentra fortaleza y descanso en esa relación espiritual. Esa conexión con Dios me ha dado paz en los momentos difíciles, claridad en los momentos de dudas y fuerza para seguir adelante con esperanza y propósito.

¿Por qué elegiste especializarte en Nefrología?
Elegí nefrología porque, desde antes de iniciar a estudiar mi carrera de medicina, tuve una experiencia que marcó profundamente mi vocación. Durante un tiempo trabajé como enfermera en la clínica Materno Infantil donde actualmente ejerzo como nefróloga. Allí cuidaba pacientes renales con síntomas urémicos marcados, que sufrían bastante por su condición. Me tocaba pasar visita junto a las dos nefrólogas que ofrecían el servicio, y veía cómo esos pacientes, tras recibir las terapias de diálisis y las decisiones médicas acertadas de ellas, mejoraban notablemente en pocas horas. Ver esa transformación y escuchar el agradecimiento genuino de los pacientes me inspiró profundamente. Desde ese momento supe que quería dedicarme a la nefrología.

¿Cómo fue tu experiencia de formación en Medicina Interna y Nefrología en República Dominicana?
Mi formación en medicina interna y nefrología en República Dominicana fue una etapa muy valiosa en mi vida. Académicamente, tuve la oportunidad de aprender de excelentes profesores, comprometidos con las enseñanzas y con la formación de especialistas bien preparados. Aunque es cierto que en comparación con el sistema de salud cubano los recursos aquí son más limitados, eso nunca restó calidad al aprendizaje, ni al compromiso humano que caracteriza a nuestros profesionales de la salud.

Sin embargo, no todo fue color de rosa: encontré obstáculos reales en mi camino y batallas que vencer. Pero gracias a mi fe en Dios, esos obstáculos fueron superados. Dios puso en mi vida ángeles, personas de gran valor para mí, que me apoyaron y abrazaron mi alma en los momentos más difíciles. Sus presencias marcaron mi vida de una forma que siempre les agradeceré. Gracias a ese respaldo y a la fortaleza que me dio mi fe, hoy puedo decir con orgullo que soy médico Nefróloga –Internista. Dios cumplió su promesa en mí. Como dice Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

¿Cuál ha sido tu mayor reto como médico y cuál tu mayor satisfacción?
Mi mayor reto como médica fue, sin duda, durante la pandemia del COVID-19. El sistema de salud dominicano estuvo bajo una gran presión: recursos limitados, poco espacio físico y una cantidad abrumadora de pacientes contagiados. Hicimos un sobreesfuerzo humano y profesional para salvar vidas, y ver a los pacientes recuperarse y expresarnos su gratitud fue una gran satisfacción.

También fue de gran satisfacción personal que, a pesar del riesgo constante al que me exponía, nunca me he contagiado de COVID. Mi mayor temor era contagiarme y contagiar a mi familia, pero Dios siempre ha tenido su misericordia conmigo, sellándome con la sangre de Cristo.

No puedo dejar de destacar también que una de mis mayores satisfacciones como médico es ver cómo los pacientes, después de recibir mis atenciones y tratamiento oportuno, logran recuperar su salud y regresan agradecidos. Muchos de ellos expresan su gratitud con palabras, gestos, incluso detalles que me conmueven profundamente. Estos pacientes me recomiendan con familiares y allegados. Es de gran placer también tener pacientes que viajan desde otras provincias a recibir mis atenciones, e incluso pacientes que viven fuera del país viajan desde el extranjero a su cita periódica conmigo. Saber que confían plenamente en mis manos y en mi labor médica es una de las más grandes recompensas que puedo recibir como profesional.

¿Cómo pones tu conocimiento al servicio de los demás en tu práctica diaria?
Cada día, antes de salir de casa, lo primero que hago es orar y pedirle a Dios que me use como su instrumento para brindar aliento y devolverle la salud a cada paciente que llegue a mis manos.
Diariamente pongo mis conocimientos al servicio de los demás con una base firme en la ética profesional. Me esfuerzo por escuchar con atención, dedicar a cada paciente el tiempo que necesita, sin mirar el reloj, y brindarle confianza y seguridad en mi atención médica. Para mí, cada paciente es único y merece lo mejor de mí, tanto a nivel humano como profesional.

¿Qué caracteriza tu relación con los pacientes renales y cómo acompañas su proceso?
Mi relación con los pacientes renales se caracteriza por la empatía, el respeto y el acompañamiento constante. En el caso de los pacientes con enfermedad renal crónica, sé que están enfrentando una enfermedad terminal, que no solo impacta su salud física, sino también su vida emocional, familiar y social.

Por eso, trato de crear con ellos una relación de confianza, en la que se sientan escuchados, comprendidos y apoyados. Los acompaño en todo el proceso: desde el diagnóstico, pasando por las decisiones de tratamiento, hasta la adaptación a diálisis o trasplante cuando es necesario. Siempre les hago sentir que no están solos, que cuentan conmigo no solo como su nefróloga, sino también como un ser humano que se preocupa auténticamente por su bienestar.

¿Cómo describirías la situación actual de las enfermedades renales en el país?
En la República Dominicana, las enfermedades renales presentan un aumento constante y preocupante. En las últimas dos décadas, hemos observado un incremento de más del 20 % en la prevalencia de pacientes con enfermedad renal crónica (ERC) en sus diferentes estadios, así como un aumento sustancial en el número de pacientes que ingresan a programas de terapia renal sustitutiva, ya sea hemodiálisis o diálisis peritoneal.

Este panorama representa un desafío significativo para nuestro sistema de salud, por lo que se hace prioritario fortalecer las estrategias de prevención, estableciendo un manejo integral del paciente desde el nivel de atención primaria.
Como especialistas en nefrología, nuestro principal objetivo es detectar a tiempo a aquellos pacientes con comorbilidades que los predisponen a desarrollar enfermedad renal crónica. De esta manera, podemos prevenir y reducir la incidencia de esta enfermedad, así como disminuir el número de pacientes que requieren ingresar a un programa de terapia renal sustitutiva.

¿Qué factores están causando más daño a la salud renal en nuestra población?

  • La diabetes mellitus y la hipertensión arterial son las dos causas más frecuentes de enfermedad renal crónica en el país. Muchos pacientes no conocen que padecen estas condiciones, y otros ya diagnosticados no mantienen un control adecuado, lo que acelera el deterioro progresivo de la función renal. En el caso de los pacientes hipertensos, es fundamental llevar un control riguroso de sus cifras tensionales y utilizar correctamente los medicamentos indicados. En los pacientes diabéticos, se debe mantener un buen control de la glucemia y de los niveles de hemoglobina glicosilada (HbA1c), ya que valores elevados persistentemente aumentan significativamente el riesgo de enfermedad renal crónica.
  • Automedicación: el uso indiscriminado de medicamentos, especialmente los antiinflamatorios no esteroides (AINEs, como diclofenac e ibuprofeno) y algunos antibióticos, sin supervisión médica y de forma constante, puede causar deterioro de la función renal.
  • Estilo de vida poco saludable: hábitos como el consumo frecuente de comidas ultraprocesadas ricas en sodio, azúcares y grasas saturadas, el bajo consumo de agua, la falta de actividad física regular y la ausencia de chequeos médicos dificultan la detección temprana de alteraciones renales.
  • Consumo excesivo de sustancias nocivas: el uso excesivo de bebidas carbonatadas, alcohol y tabaco, incluyendo los cigarrillos electrónicos, incrementa el riesgo de enfermedad renal al generar estrés oxidativo y comprometer la función vascular renal.
  • Sobrepeso y obesidad: el exceso de peso corporal se asocia con un mayor riesgo de desarrollar enfermedades como la diabetes tipo 2, hipertensión arterial y síndrome metabólico; todos ellos factores que aceleran el daño renal.
  • Falta de evaluación y seguimiento renal: muchas personas no se realizan pruebas sencillas pero fundamentales, como el examen de orina o la medición de creatinina sérica, lo cual es esencial para estimar la tasa de filtración glomerular (TFG). Estas herramientas permiten detectar la enfermedad renal en sus diferentes etapas, y si la diagnosticamos temprano podemos intervenir para detener su progresión.

¿Qué consejos prácticos das para prevenir la enfermedad renal o cuidarse si ya se padece?
Uno de mis compromisos como nefróloga es educar a mis pacientes y a la población sobre cómo prevenir la enfermedad renal. Siempre comparto consejos prácticos que pueden marcar una gran diferencia en la salud renal, incluso con pequeños cambios en el estilo de vida.

Me gusta apoyarme en las 8 reglas básicas para cuidar los riñones, recomendadas a nivel mundial por la Sociedad Internacional de Nefrología (ISN):

  1. Mantenerse activo y en forma.
  2. Controlar regularmente los niveles de azúcar en sangre (glicemia).
  3. Monitorear y controlar la presión arterial.
  4. Alimentarse de forma saludable y mantener un peso adecuado.
  5. Mantener una hidratación adecuada, preferiblemente con agua.
  6. No fumar y evitar el uso de cigarrillos electrónicos.
  7. No automedicarse, especialmente evitar el uso prolongado de analgésicos sin indicación médica.
  8. Hacerse chequeos renales regulares, especialmente si tienen factores de riesgo como diabetes, hipertensión arterial, antecedentes familiares o edad avanzada.

A los pacientes que ya padecen alguna enfermedad renal, les recomiendo seguir rigurosamente sus tratamientos médicos, reducir el consumo de sal en la dieta, llevar una alimentación saludable y mantener una comunicación constante con su nefrólogo(a) de confianza.
El autocuidado y la prevención son fundamentales para preservar la función renal, retrasar la progresión de la enfermedad y mantener una buena calidad de vida.

¿Cuáles son los principales desafíos que enfrentas como nefróloga en el sistema de salud dominicano?
Uno de los principales desafíos que enfrento como nefróloga en el sistema de salud dominicano es que muchos pacientes llegan a la consulta o a las emergencias en etapas avanzadas de la enfermedad renal crónica (ERC).

Esta realidad, tristemente común, se debe en gran parte a la falta de educación y concientización sobre la salud renal. Nuestra población no está informada sobre la importancia de cuidar sus riñones ni sobre cuándo debe acudir al especialista en nefrología. A esto se suman las limitaciones de recursos y las barreras en el acceso a tratamientos y seguimiento adecuado, especialmente en las zonas más vulnerables del país, donde la equidad en salud sigue siendo un gran reto.

La ausencia de seguimiento continuo compromete aún más la atención, dificultando una gestión efectiva de la enfermedad y la prevención de complicaciones graves.
Aun así, seguimos trabajando con entrega y dedicación. Pero es urgente fortalecer la prevención y la detección temprana de las enfermedades renales, comenzando desde el primer nivel de atención. Es fundamental que los pacientes en riesgo sean identificados a tiempo y referidos oportunamente al nefrólogo.

Mi vocación por la medicina y, en especial, por la nefrología, es lo que me impulsa cada día a seguir trabajando con pasión, compromiso, solidaridad y empatía. Mi mayor aspiración es contribuir al avance de la Nefrología en la República Dominicana, logrando que las enfermedades renales se detecten y traten a tiempo, para que más dominicanos vivan con salud, dignidad y esperanza.

Anhelo profundamente que en la República Dominicana el trasplante renal se convierta en una verdadera cultura médica y social: una opción accesible, digna y frecuente para todos los pacientes que lo necesiten. Que tanto en el sistema público como en el privado se establezcan programas de trasplante renal bien estructurados, sostenibles y humanizados. Solo así podremos brindar una respuesta real y una esperanza concreta de vida a quienes enfrentan esta dura enfermedad.

¿Qué mensaje le darías a los jóvenes, sobre todo de zonas rurales, que sueñan con una carrera en Medicina?
A los jóvenes, especialmente a los que vienen de zonas rurales como yo, quiero decirles que el éxito no depende de su clase económica ni social, sino de la disciplina, la constancia y la fe.
Vengo del campo, de una familia de bajos recursos, y sabía que mis padres no podían pagarme una carrera universitaria. Por eso, desde mis estudios primarios me esforcé por ser una estudiante meritoria, con buenas calificaciones, porque sabía que ese era mi camino para ser reconocida y poder optar por una beca u obtener algunas facilidades académicas para lograr mi sueño.

Sacrifiqué muchas cosas: horas de sueño, de ocio, de distracción y de descanso. Pero las cambié por libros, tareas y estudios con entrega total. Y gracias a esa constancia obtuve mi beca y pude estudiar medicina en Cuba, en una de las mejores escuelas de medicina del mundo.
Hoy soy médico especialista en medicina interna y subespecialista en nefrología. Este logro no fue casualidad; fue fruto del sacrificio, de la responsabilidad, del amor por lo que hago y, sobre todo, del amor de Dios, que siempre ha sido el ser número uno en mi vida.

Juventud, divino tesoro: hoy te digo, crean en ustedes, luchen por sus sueños y pongan su confianza en Dios. Todo es posible cuando hay fe, esfuerzo, propósito y deseos de superación.
Les comparto mi lema personal en la etapa de mi juventud, para que siempre lo lleven consigo: «Los jóvenes son la luz que iluminará el éxito del mañana».