A mitad de camino entre el cielo y el Yaque del Norte, la Línea 1 del Teleférico de Santiago conecta dos realidades extremas de la Ciudad Corazón. Mientras la Terminal Central respira rodeada de avenidas amplias y semáforos que parpadean, al pie de la Estación Yolanda Santana unos niños se columpian ajenos a las cabinas rojas y pedalean con destreza las bicicletas, desafiando la gravedad y la pendiente de la calle perpendicular.

Para conectar esos dos puntos, hay que sobrepasar el temor al vacío, la Estación Emiliano Tardif al borde del puente Hermanos Patiño sobre el Yaque en coma (más que el dormilón de la canción), la velocidad operativa de 7 metros por segundo sobre cuatro kilómetros de línea, y la aparente paralización entre la Estación Renée Klang de Guzmán y el destino final que honra a la líder comunitaria de La Yagüita de Pastor.

El atardecer de un sábado se presta siempre para estas escapadas breves de turismo interno que pueden extenderse si, en vez de dar la vuelta dentro de la estación y devolverse sin incurrir en pago extra, se desciende por las escaleras y justo frente a los columpios y la grama del parquecito infantil, contribuye con la economía local y amortigua el calor veraniego y caribeño con cervezas bien frías.

El temor al vacío impide precisar cuánto tiempo se toma el recorrido en la ida, pero por regla de tres serían entre 16 y 20 minutos, que dan chance a captar atardeceres fucsias, el skyline santiaguero, las torres que se elevan, los edificios históricos que resisten la erosión de siglos.

Lo que no impide el miedo es la curiosidad humana: bajo el cable sostenido por 23 torres de soporte discurren las vidas del Centro Histórico; pero mucho más atrayente el barrio, los techos variopintos, las serpenteadas calles, callejones y pasillos, la música que se eleva como un eco, las ventanas abiertas o cerradas, un azul piscina allí, la vida aconteciendo cada día.