Es la temporada de aniversarios… Como la de bodas o baby showers. La invitación llegó veloz por la ventana verde de estos días, color presente también en la tarjeta digital. Nada extraño, si entendemos que venía de parte del Clúster Turístico de Constanza. 20 años. Parece que fue ayer cuando subí por primera vez a las montañas del municipio más frío de República Dominicana.
La misiva que entregó con cariño Milena Delgado proponía un encuentro a mediodía, a cuatro tiempos. El restaurante que la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra sirvió de hogar para «Valle Encantado del Caribe: identidad en cada bocado».
Antes del banquete gastronómico, hubo tiempo para reconocimientos para hombres y mujeres que han hecho de esos 20 años del Clúster Turístico de Constanza una trayectoria memorable. La propuesta de los estudiantes de PUCMM, bajo la dirección de Thelma Yokoyama Kunhardt, resaltó las bondades de la producción agropecuaria constancera. El primer tiempo: crispy rice con salmón picante y pepino encurtido; montadito de papa con pulled pork, guacamole, cebolla encurtida y puerro; crostini con queso fresco y mermelada de níspero. Segundo tiempo: raviolo de remolacha con ratatouille y cremoso de cajuil con pesto.
Y era poesía. No solo cada receta, la precisión del emplatado y los colores. También la descripción que salía de la voz de Vienchy Rodríguez, propietaria de La Esquina (allí donde las Ferringer hacen estragos mientras la gente documenta besos en la pared).
Volvamos a la mesa, los manteles y los cocteles de frutas del bosque cosechadas entre Tireo al Medio y Constanza. Tercer tiempo: ovejo estofado con puré de auyama y maíz, zanahoria confitada y julianas de plátano maduro frito. Cuarto tiempo: carrot cake con frosting de queso crema y crumble de macadamias.
¿Dónde estaban las fresas? Evitando la obviedad, la fruta clásica vino en estado líquido y espiritual: un licor guayaba fresa, sublime digestivo. La novedad artesanal antecedió al café necesario para transitar hacia la tarde de un viernes de Dolores.
Salí satisfecha. Y encantada. Extrañando la niebla matutina que no conoce estaciones, el aroma a eucalipto en Convento, el puré de cepa de apio al desayunar, el rocío de Aguas Blancas, las habichuelas donde doña Luisa…